Puebla de la Sierra

Puebla de la Sierra es un precioso pueblo de la Comunidad de Madrid ubicado en la Sierra del Lobosillo, en la parte sur de la más extensa Sierra de Ayllón. La aldea, que cuenta hoy con unos 70 habitantes, está en el fondo del valle que lleva su nombre, rodeada por las grandes cumbres que conforman el denominado Circo de la Puebla. Su municipio es uno de los 5 por los que se extiende la Reserva de la Biosfera de la Sierra del Rincón.

Bajo sus casas corre el río de la Puebla, titular del valle, que nace al NO del pueblo de la confluencia de varios arroyos y lo abandona por el sur, para luego discurrir por un espectacular cañón antes de desembocar en El Atazar.

El origen del pueblo es desconocido, aunque se cree que pudo construirse con fines defensivos en torno al S.XII, junto a otras poblaciones de la Comarca de Buitrago. Sancho IV se la cedió a un arcediano (archidiácono) madrileño en el S. XIII, el cual la permutó por otra población. En el año 1490 y gracias al Marqués de Santillana se convirtió en «Villa» para compensar su aislamiento. En el S. XVIII (1768) alcanzó su mayor población (313 habitantes), que por entonces estaba dedicada fundamentalmente a la agricultura y a la ganadería. En el S. XIX, con la desamortización, la mayor parte de sus tierras pasaron a poder de sus vecinos. Durante la Guerra Civil Española sufrió enormes daños, especialmente el ayuntamiento y la iglesia. Hoy en día, es un pueblo que combina su sabor y costumbres tradicionales con un creciente atractivo turístico enfocado hacia el descanso y el montañismo. Por cierto, cuenta con dos bares, uno en la plaza del pueblo, que es también hostal y cuya concesión cambia cada dos por tres, y otro escondido en un precioso callejón, el bar de la Filu, una mujer “entrañablemente borde”.

Hasta mediados del S.XX, a Puebla de la Sierra se la conocía como “Puebla de la Mujer Muerta”. Ello era debido a que el cordal que se alza al N-NE del pueblo evocaba, con un tanto de imaginación, la silueta de una dama yacente. Los lugareños llamaban a estas montañas la Sierra de la Mujer Muerta, siendo El Porrejón (1824 m) los pinreles de la difunta, Peña Centenera (1809 m) la cabeza, y La Tornera (1866 m) el pecho. Allá por 1940, los vecinos, astiados del mal rollo que generaba el singular apodo, decidieron cambiar el nombre del pueblo por el actual.

Su arquitectura es notable, con casas de piedra muy cuidadas y una acogedora Plaza Mayor (o Plaza de Carlos Ruíz) presidida por el ayuntamiento y la hermosa Iglesia Parroquial de la Purísima Concepción (S. XVII).

En las inmediaciones del pueblo hay tres grupos de ruinas de antiguas tenadas: las Casillas del Cubo, las Casillas de la Ciquiruela y las Casillas del Tormo. Estas construcciones eran corrales o apriscos, cubiertos pero de escasa altura, donde se recogía a las ovejas y a las cabras en el invierno para protegerlas del frío y de los depredadores. Además, incluían algún cobertizo para los pastores y también parideras.