El Monasterio de Caaveiro

En lo más profundo del bosque, en el corazón del mágico paraje de Las Fragas del Eume (provincia de La Coruña), aislado de la civilización, sumergido en la espesa bruma que sube desde el cañón del río Eume, se alza sobre una colina el Monasterio de San Juan de Caaveiro.

Remanso de paz y tranquilidad, no es difícil entender que fuera desde su fundación en el S. X (año 934) el lugar elegido como morada por muchos anacoretas de la zona. Quienes como ellos rechazaban los bienes materiales y decidían vivir aislados de la sociedad, encontraron en Caaveiro ese lugar alejado del mundo, ideal para la meditación, la relajación, el rezo y la penitencia. Y así fue durante más de 8 siglos, hasta que en el S. XVIII el cenobio fue abandonado.

A un lugar así no le puede faltar su leyenda y Caaveiro la tiene. En el año 936, el noble galaico Rudesindus Guterri (907-977), a la postre canonizado por la Iglesia católica como San Rosendo, decidió retirarse al monasterio para hacer vida contemplativa. Hastiado del pertinaz mal tiempo en este rincón de Galicia, una lluviosa mañana Rosendo maldijo y renegó del lugar. Arrepentido de su falta y en un ataque de remordimiento y desesperación, arrojó su anillo al Eume. Siete años más tarde, mientras el cocinero del monasterio estaba limpiando un salmón recién pescado en el río, encontró el anillo en su interior. Dicho hallazgo fue interpretado por la comunidad eremita como un signo del perdón de Dios hacia Rosendo. El religioso se convirtió luego en una importante figura eclesiástica y política de la Galicia del S. X. Fue abad, benefactor e impulsor del monacato en el noroeste de la península ibérica gracias a su labor de proselitismo entre la nobleza galaica. Propagó la regla benedictina y fundó varios monasterios, entre ellos el de Celanova (donde pasó sus últimos días). Obispo de Mondoñedo y de Iria Flavia y Virrey de Galicia, lideró también la resistencia y expansión del reino cristiano astur-leonés frente al poder de los califas de al-Andalus. La impronta de San Rosendo en Caaveiro también fue enormemente trascendente. Realizó importantes donaciones al monasterio que engrandecieron su patrimonio, de forma que adquirió gran parte de las tierras cultivables en el margen del río Eume. Gracias a este creciente poder, al cenobio le fue concedida la jurisdicción sobre villas y feligresías vecinas, eximiéndolo de la autoridad del arzobispado de Santiago de Compostela. Su iglesia alcanzó la categoría de Real Colegiata, la cual mantuvo hasta su abandono a finales del XVIII. Fue entonces cuando, tras quedar al cuidado de un casero, inició su decadencia y deterioro estructural, la cual se prolongó hasta finales del S. XIX, cuando Pío García Espinosa, que había comprado en una subasta (1849) buena parte de las tierras que rodeaban al monasterio, inició unos ambiciosos trabajos de restauración. Hoy en día, quedan como restos más antiguos parte de la iglesia del siglo XII (la cabecera y buena parte de la nave) y el campanario barroco del XVIII (obra de Simón Rodríguez). La casa de los canónigos y las cocinas del monasterio también se conservan aceptablemente. En 1975, el conjunto fue declarado en Monumento Histórico Artístico por su importancia arquitectónica.

Los alrededores del monasterio están llenos de rincones con encanto, entre los que destacan el Puente románico de Caaveiro, que se yergue sobre el río Sesín y al lado del cual hay un viejo molino y una antigua fuente. El conjunto, escondido en un entorno de vegetación exuberante, se puede ver descendiendo unos metros desde el cenobio. Al aparecer, el molino pertenecía antiguamente al monasterio de Caaveiro y los monjes molían el grano en él.